La lucha como firma Elsa Mura

martes, 1 de abril de 2014



Me detuvieron muy cerca de la fábrica en una de las grandes huelgas metalúrgicas de los años '50... Yo era muy flaquita y me llevaron de las trenzas, a la rastra. Terminamos en la comisaría que está frente al hospital Ramos Mejía. Estaba sentadita ahí en un banco del patio mientras las mujeres hacían un alboroto en la calle... Me hacen pasar y el comisario me dice: 'Mirá, chinita, la próxima vez que te traigan voy a llamar a tus padres para que ellos te encierren. ¿Por qué te trajeron?'. 'Y le digo– porque volteé un milico.' Es que yo había volteado al de la montada de un hondazo, y entonces me persiguieron hasta agarrarme..." Elsa Mura apenas pasaba los veinte años. Desde los 17 ("yo había entrado como aprendiza en 1952, cuando murió Evita") trabajaba en una fábrica de radios del barrio porteño de Once. "Eramos 197 en total y habría sólo ocho o nueve hombres. Las delegadas éramos cinco mujeres. Y las que corríamos más rápido, las que podíamos treparnos a cualquier lado, las que usábamos con mucha facilidad la gomera éramos las encargadas de la seguridad, las que enfrentábamos directamente a la Montada... La Policía Montada siempre fue salvaje. Se vio esta vuelta en Plaza de Mayo. Yo he hablado tantas veces de esta represión durísima... Y me sigue llamando gente que ahora entiende aquello que contaba."



Eran tiempos de tormentas. Luego de que en septiembre de 1955 las Fuerzas Armadas derrocaran al gobierno de Juan Perón, la "resistencia peronista" se extendió como un reguero y, a puro fervor y anonimato, pasó de pintadas con cal y pinchazos de neumáticos a "la etapa superior" del mimeógrafo, los conflictos fabriles, quites de colaboración, sabotajes, huelgas, "caños" y luchas callejeras. Elsa Mura, descendiente de comenchingones, hija de padre anarquista devenido peronista y de madre costurera y socialista, se metió de cabeza y casi sin darse cuenta. "Entré en la Resistencia medio como jugando, porque a mí, realmente, Perón muchas cosas no me decía... Pero yo no podía quedarme afuera de esas luchas, era una resistencia obrera, de acciones constantes, viajar a todos lados, ir a los plenarios de trabajadores, quedarnos con la camioneta en el camino, empaparnos... Me acerqué más al peronismo luego, cuando se constituyó la Juventud Peronista. Yo tenía una compañera de fábrica, una negra catamarqueña muy valerosa, gran amiga, que me decía en las corridas: 'Yo te voy a hacer peronista a vos, ¿qué mierda vas a ser si no?'."

La chica de la gomera 
–Creo que después de aquella gran huelga, la gomera no dejó nunca de estar en mi mano o en mi bolsillo, iba a todos los lados con ella... Hace poco, yo, en el Encuentro Nacional de Mujeres de La Plata, veía a las compañeras de General Mosconi, cuyas manos mostraban cicatrices y les decía: "La gomera no las tiene que hacer a ustedes, ustedes deben hacer lagomera. Debe tener la cavidad justa de la mano y ser tan suavecita como ella... Y hay que practicar para lograr la puntería.
–¿Aún tenés la tuya?
–No. Me la sacó el Consejo de Guerra en el '76. La caratularon como arma de guerra. Me preguntaron por qué la tenía. Les dije que era mía desde chica, cuando cazaba vizcachas en pleno campo, en Pedernera, al sur de San Luis, donde viví hasta los 14 años. Allá salíamos con mis primos en las noches de luna a cazar vizcachas. Yo tenía una puntería... Y esa gomera, que traje a Buenos Aires un poco por nostalgia, me sirvió después para defensa. Estaba más suavecita que mi mano, la había hecho yo. En esa época usaba buzo, un cangurito con dos bolsillos que siempre estaban llenos de piedras. Y ahí andaba, flaca como un fideíto y siempre con unas alpargatas de suela de goma, las "boyerito". Una vuelta, mi papá me encontró toda embarrada y mojada porque había llovido y hacía mucho frío. Y me llevó, me alzó como a una muñequita, me sentó en una pared, sacó un pañuelo, me secó los pies y me dijo: "Venga, m'hija, le voy a comprar unos zapatos para que pueda correr sin resbalar". Y me los compró. Pero cuando se fue, yo até los cordones como él me contó que había hecho el 17 de octubre y me los colgué al hombro. Y volví a las "boyerito". Hace un tiempo vi una foto mía en un afiche sobre el Cordobazo. Voy corriendo con la gomera y parece que floto en el aire porque las puntas mis pies no llegan al suelo, como volando...

Sin aliento 
–Trabajé diez años como metalúrgica. Ese grupo de mujeres fue fantástico En la fábrica hacíamos radios y todas teníamos una chiquita, como tu grabador. Por ella escuchamos que había sido tomado el Frigorífico Lisandro de la Torre. Nos miramos: 'Las mujeres tenemos que ir'. Y fuimos. Era el 5 de enero del '59. Y nos metimos en la gran gresca, en lo que fue Mataderos durante esas 48 horas que pararon al país. Allí nos fogueamos en los enfrentamientos con la policía y la gendarmería. Yo pienso –no sé si tendré razón– que fue a partir de esa gran revuelta que se formó la Juventud Peronista. Después nos reunimos en la sede del Gremio de Empleados de Farmacia, cuyo secretario era Jorge Di Pascuale. Y el 3 de abril marchamos por primera vez los obreros organizados junto con los estudiantes a Plaza de Mayo. En la 9 de Julio nos esperaba la Montada, que nos dio una paliza de aquellas. Y ese mismo año tuvimos la gran huelga metalúrgica, con 45 días en la calle, enfrentados con la Policía Montada. Cuando los "cosacos" atacaban, yo me colgaba de la boca del caballo, del freno, porque así el animal no responde al mando. Lo había aprendido en el campo, cuando iba a la escuela a caballo.
–César Marcos, uno de los artífices de la Resistencia, decía que las mujeres eran la base de la organización de retaguardia, que "salían del aire, de los adoquines...", que su papel, nunca reconocido, había sido clave.
–Estuvimos en las luchas, como siempre, pero peleando denodadamente el lugar. A las mujeres se les encargaba sobre todo organizar la estadía para los compañeros clandestinos que llegaban, darles un sitio seguro, ser su cobertura, llevarlos de aquí para allá, organizar las charlas y reuniones secretas. Pero también participábamos, como obreras fabriles, en los quites de colaboración, en las huelgas de brazos caídos. Eramos muchas las que participaban de las movilizaciones y, en mi fábrica, las cinco que resguardábamos al resto veníamos del campo y usábamos la gomera. En las asambleas gremiales era difícil que nos permitieran hablar, a mí eso me enfurecía, teníamos que "hacer barra" para poder opinar.
–¿Vos lograbas participar?
–A veces, cuando la pelea era muy grande. Era muy difícil en metalúrgicos, donde nosotras estábamos muy enfrentadas con Vandor, elsecretario del gremio, que negociaba con la patronal todos los conflictos. Una vez me agarró de la remera y me sacó afuera: "Vos te vas de acá, que sos una negra comunista y no tenés nada que hacer con los peronistas", me dijo. Pero la negrada de la fábrica se puso de pie gritándole: "Si la echás a la Negra, nos echás a todas". Y se pararon para irse. Y entonces él tuvo que ir a buscarme a la planta baja, ahí en el local de la UOM de la calle Loria. Era indignante. No se nos reconocía un lugar, un espacio, una identidad. Debíamos hacer mucho más que los hombres, trabajar más que ellos para ganarnos el derecho a opinar. Cuando nosotras ocupamos por última vez la fábrica, porque nos habían echado, y tras 27 días de estar allí (yo, con mi beba de nueve meses) logramos un acuerdo, Vandor vino, lo desconoció y arregló con la empresa. 
–Se unían burocracia sindical y discriminación como mujeres.
–Sí, y el rechazo a que las mujeres participemos y opinemos recién ahora está cambiando; en la CTA, por ejemplo, se nos reconoce un lugar, y al mismo tiempo nosotras estamos en todas partes, en el trueque, en las asambleas populares, en la calle. Mi papá una vez me dijo: "Usted debe cuidarse, porque usted ha tenido la desgracia de nacer mujer" (él me trataba de usted cuando me decía algo importante). Yo llegué a pensar que él quería un hijo varón, pero hoy tiendo a creer que se preocupaba porque sabía de las dificultades que tendría. "Si usted quiere ser dirigente, no se haga apalear al pedo, golpee y huya, no se quede...", me decía. Siempre estuvo cerca nuestro y su experiencia de anarco nos fue muy útil. Claro que discutíamos. "El 'hombre' (por Perón) nos dio a nosotros las ocho horas de trabajo, el aguinaldo, las vacaciones, nos dio la posibilidad de esta casa... Usted debe entenderlo", me decía. Estaba separado de mi mamá, muy cariñosa, demasiado sufrida, pero una mina espléndida, toda la vida obrera de la costura. Mis dos hermanas eran radicales; yo, la menor, era la oveja negra y la joyita de mi viejo.

La noche 
Elsa Mura fue detenida el 24 de junio de 1976 en un operativo de las Fuerzas Conjuntas, que ocuparon la casa de Colegiales donde vivía con sus dos hijas y con una pareja de compañeros. Luego de sufrir interrogatorios y tormentos durante cerca de dos meses en un sitio no ubicado, fue juzgada por el Consejo de Guerra Nº 1. "Además de nosotros, buscaban a mi marido, que había dejado el país en 1969. Y a mí me acusaban de entrar a la industria para movilizar a la gente, cosa que no pudieron probar porque yo había sido obrera natural de fábrica toda la vida, desde que vine del campo hasta que me agarraron." Por entonces, Elsa trabajaba en talleres de confecciones y desarrollaba una intensa tarea gremial y política en la Agrupación Evita del Gremio del Vestido y en la Coordinadora de Gremios en Lucha, organismos vinculados con la "Tendencia" que se identificaba con Montoneros. 
Salió de la cárcel de Villa Devoto a principios de 1978, un año terrible en el padeció la muerte de su padre, que había enfermado gravemente tras su detención, y luego, en Navidad, de su hija Miriam, muerta en un accidente junto con el novio. A la deriva, sin casa segura, yéndose de los trabajos donde entraba porque sabía que la seguían y controlaban ("me mudé de la casa de Colegiales, que estaba destruida, un día de tormenta huracanada en que nadie podía vigilarme"), consciente por vez primera de la dimensión de la matanza, contando lo que había sabido en la cárcel en volantes que hacían con un amigo y que dejaban en los mercados o metían bajo las puertas, Elsa atravesó desguarnecida aquellos tiempos durísimos. "Sobre todo, fue una etapa de inmensa soledad. Por todo lo que perdí, mi padre, mi hija... Y también por empezar a tomar conciencia de que a los compañeros les habían pasado cosas peores que a mí. No lograba entender que no estuvieran más. Nunca volví a saber de las compañeras de laAgrupación Evita, de Mercedes, una delegada que secuestraron, de tantas otras. Al parecer, sólo yo volví."

Y entrábamos a pata 
Se fue recuperando. Y salió. Otra vez estuvo "en todo lo que se movía". Trabajó en varios talleres y se relacionó con las compañeras, las ayudó a organizarse. Cuando llegó la democracia, armó con aquellos contactos una agrupación, la Macacha Güemes. Estudió "por el placer de saber": hizo talleres de la Utpba, radio, cursos: es "abuela cuentera" en la escuelas, titiritera, artesana, diplomada en diseño de modas. Trabajó en una fábrica de camisas de Villa Crespo hasta que cerró, a principios de 1994. Y ya no consiguó trabajo fabril. Hizo corretajes, venta. Creó una agrupación barrial de mujeres en Tres de Febrero, donde vive, ayudó a organizar la Marcha Federal. Ahora, con sesenta y tantos, cuida chicos, va a las asambleas barriales, a los debates, a las movilizaciones. Desde hace tres años está en el trueque, que hoy es parte crucial de su sustento. Participó en el Primer Encuentro Nacional de Mujeres –"dirigí el taller de mujer y trabajo"– y, desde entonces, en todos. "Siempre he sido feminista sin saberlo, luchando a rajatabla por la igualdad. En los corretajes he conocido la vida de las mujeres quiosqueras, que trabajan más de 18 horas y cuidan a su familia, todo junto. La de la mujer es una revolución que no se detiene.
–¿Cómo ves esta actual etapa de movilización?
–Creo que en diciembre saltó la bronca, la energía acumulada. Como en el Cordobazo. Esto no surgió de la nada, viene de antes. Y a mí me gustaría tener 15 años. Mi esperanza es la gente en la calle, porque de ese modo se está construyendo algo. En los '60, en los '70, cuando las calles, las paredes eran nuestras, la comunicación era directa y todo era posible. Y esta vez va a ser muy difícil que la gente vuelva a su casa. Yo lo veo en mi barrio, en las asambleas por el agua, en el respeto a la opinión del otro. Sobre todo de la gente de abajo, la que más sufre...
–Haciendo un balance, ¿creés que valió la pena?
–Creo que sí. Porque la lucha de los pueblos nunca muere, ni la esperanza, que es como el sol. Alguna vez he pensado que gasté mi vida peleando. Pero... ¿sabés qué? También nos divertíamos y mucho. Estaba la risa, la viveza criolla, cómo nos burlábamos... Hasta de la Montada, de los perros, o de la Policía Caminera, que cerraba la ruta para que no pasáramos y nosotras entrábamos a pata.


Por Lila Pastoriza

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