La cuestión táctica

miércoles, 22 de junio de 2016

La cuestión táctica

Anteayer fue 16 de junio. Se cumplió el 61° aniversario del bombardeo a la Plaza de Mayo, ocurrido en 1955. Uno podría decir que ahora las bombas son mediáticas, pero la verdad es que entonces… también había. Una vez coronado el golpe, la prensa de la época se encargó de vilipendiar hasta lo increíble a Perón. Acusaciones de pedofilia, para recordar algo. De hecho, en lo posible, ni lo nombraban –aludían a él con la estúpida perífrasis de “el tirano depuesto”. ¿Por qué se tomaban este trabajo? Porque la guerra moderna es guerra de propaganda, como deja clarísimo el historiador bélico Liddell Hart en su libro La estrategia de aproximación indirecta (un clásico de la materia que se lee, dicen, en la residencia de Santa Marta). Napoleón primero desmoralizaba a su oponente, y después peleaba. Los nazis no invadieron París con tanques, sino con panfletos. En otras palabras, el verdadero objetivo en la lucha es que el adversario no quiera luchar. Se trata de atacar, no su fuerza, sino su voluntad, su pasión, su conciencia; porque cuando la conciencia decrece, decrece la organización; y sin organización hay atomización, lo que simplifica la labor ofensiva –porque después ya se trata de ir atacando a los elementos de a uno, por separado, donde oponen una resistencia débil o nula.

Estas sencillas nociones deben ser traídas a cuento en el presente, donde algunos defensores sinceros del proyecto se sienten “desmoralizados” por el caso López. Es cierto que, políticamente, López distrae la auténtica cuestión de fondo (el tándem de tarifazos, despidos, remate del patrimonio, generación de pobreza y subordinación a EEUU), y por ende retrasa un poco las discusiones que queremos dar. Pero nada más. Las corporaciones embocaron una; no hay que desmoralizarse. Cuidado con esto: la ecuación es desmoralización = desorganización. Recordemos el intercambio entre Cristina y David Viñas en un programa televisivo. Corrían los oscuros años 90 y Viñas (palabras más o menos) decía: soy un intelectual, tengo la obligación de ser pesimista. Cristina respondió: yo soy militante, tengo la obligación de la esperanza, de estar con la moral arriba.

¿Qué estamos diciendo con todo esto? Algo simple: afirmar que el “caso López” nos desmoraliza es, en efecto, desmoralizarnos. En el reino de la política, buena parte del asunto reside en la conciencia, o sea, en la palabra: basta con que uno solamente diga que está desmoralizado, derrotado, y entonces indefectiblemente lo está; peor aún, desmoraliza y desorganiza a los otros. Por algo los medios ponen rápido el micrófono a los arrepentidos, defraudados, etc –para que viralicen su tristeza y contagien al resto. Es un clásico. La misma fiebre de las “autocríticas” nos estuvo rondando desde diciembre del año pasado. Pero no hay que ceder al canto de las sirenas. ¿Alguien puede imaginarse a Néstor Kirchner diciendo: estoy desmoralizado? Para nada. Después de perder con De Narváez, fue a una placita porteña y dijo: militemos con alegría. Y dio la vida por este proyecto. ¿Podemos dudar de la entrega de Néstor Kirchner: de su abnegación, de su sacrificio, de su capacidad incansable de lucha? Esa es la prueba moral suprema: cuando cualquiera se habría retirado, Néstor siguió y siguió. En nuestras conciencias, ¿qué pesa más: los dólares mojados de un funcionario corrupto o el sacrificio de Néstor, en el que se le fue la vida? Si el “caso López” desmoraliza, el simple recordatorio de la muerte de Néstor debería re-moralizarnos por completo. Que el árbol no tape el bosque. De hecho, la lección de este caso es que, como siempre, hay que guiarse por la conducción: hace unas horas, Cristina escribió un breve texto y le cambió la carátula al caso, poniendo el eje no sólo en el corrompido (estatal), sino en el corruptor (empresario), y situando al kirchnerismo en el lugar de quien debe recibir las explicaciones, ¡y no darlas! Consecuencia: todos los que se apresuraron a sentirse “partidos al medio, llenos de dolor, etc”, leyeron a Cristina y notaron que… quizá ya no estaban tan deprimidos, y que la desmoralización no nacía de su corazón, sino del lenguaje que emplearon. La profecía autocumplida lingüística reside en que, sin querer, convirtieron en verdad algo sólo por repetirlo: ante la confusión del “caso López”, escucharon “desmoralización”, lo dijeron, y como según Hegel el lenguaje es la existencia real del Espíritu, se desmoralizaron. Pero, ¿quién echó a correr la palabra “desmoralización? ¿Cristina? No, claro que no. Fueron los medios. Fue Clarín.

Por supuesto, quienes dijeron que estaban desmoralizados, estaban siendo “sinceros” y posiblemente experimentaban un sentimiento de liberación al “reconocer al fin” que estaban “desmoralizados” (porque lo expresaban personas alrededor, y no querían sentirse aislados… a menudo, es preferible compartir una emoción triste que soportar la presión solo –por eso, una persona politizada se define por no ceder a la tentación de zambullirse en las corrientes de opinión, que van y vienen). Pero debemos tener cuidado y recordar el ABC de lo aprendido en los últimos años: los medios de comunicación manipulan nuestras emociones más íntimas y nos hacen sentir cosas que no sentimos “realmente” –y no estamos vacunados contra esa influencia por el solo hecho de “saberlo”. La propaganda corporativa puede llegarnos por canales de lo más variados: un comentario de un amigo, un posteo de Facebook… Y así ocurrió. Hubo una tendencia a comportarse como el espectador promedio “dominado” por el Grupo Clarín, que siente y piensa lo que publica Magnetto. Se formó una verdadera “cadena nacional del desánimo”. Cristina ya la cortó. Pero todos estamos en condiciones de darle una mano con ese trabajo, luego de educarnos durante años en la conciencia de que Clarín miente.

Tal vez sea interesante preguntarse por qué se formó esta cadena del desánimo. Las razones son variadas, pero algo es seguro: no es que “por fin se comprobó la corrupción”. No tiene nada que ver con eso. La causa es más estructural: Macri es presidente, razón por la que la “presión de ser kirchnerista” es la más alta posible, y nuestras defensas colectivas resultan algo más porosas. En un contexto adverso, acusaciones que en otro momento no hubiesen causado mayor daño terminan pareciendo devastadoras; pero no lo son. Mejor dicho, dependen de la entidad que le demos nosotros. Y tratándose claramente de propaganda antipopular, no deberíamos darle ninguna. Por eso tenemos la responsabilidad de no desmoralizarnos con estas cosas.

¿Esto significa que haya que ser un “negador serial” de los problemas? Todo lo contrario. En su brillante exposición en la Facultad de Ciencias Sociales, Álvaro García Linera detalló las debilidades que atraviesan los proyectos populares latinoamericanos. Son temas enriquecedores para el debate interno. Ahora bien, dichas debilidades, ¿bastan para tirar por la ventana el proceso boliviano, el venezolano, el argentino? Han llovido a cántaros las acusaciones contra miembros del PT de Brasil: ¿eso supone que debemos dejar de confiar en Lula, en Dilma? ¡Claro que no! Se trata de ver de dónde parten las palabras que usamos, ¡de no despolitizar ningún tema! “Desmoralización” no es una palabra que hayamos puesto a circular nosotros. Un golpe “moral” sería que un futuro gobierno kirchnerista privatizara empresas, facilitara los despidos, aumentara las tarifas hasta el delirio, se alineara con EEUU… Eso afectaría realmente nuestra confianza en todo esto: el proyecto que nos suma, nos expulsa… Sí, terrible. Para ser más claros: el gran “golpe moral” lo encarnó Menem, al convertir al peronismo en un ariete de políticas antipopulares. La desorientación que vivieron los peronistas en aquel momento fue máxima. No fue un caso de corrupción, fue el Sistema de la Corrupción con la marcha de fondo. En comparación, que un oscuro ex secretario del mejor gobierno desde Perón a esta parte haya sido coimeado… Vamos. Nada de lo que hicimos fue en nombre de este tal López. Es difícil imaginarse que los historiadores del futuro enfoquen el kirchnerismo desde el “caso López”. Más bien parece un asunto menor, policial, como queda demostrado por la misma estructura narrativa que le imprimieron los servicios de inteligencia. (Una buena nota en el sitio Paco Urondo ironiza sobre esto; conviene leerla porque se limita a enfatizar el artificio de la operación. Todo el caso es un verdadero “relato”, en el sentido de que es falso hasta la médula, incluso absurdo, pero con la lógica interna de la ficción televisiva: simplificación, casualidades increíbles, elementos de impacto.)

La cuestión de fondo

Pero, una vez despejada la cuestión táctica (que se resume en “nunca digas que estás desmoralizado, porque por eso te vas a desmoralizar y vas a contagiar a tus compañeros de ruta, ya que los males de la conciencia se transmiten por vía verbal, y además: desmoralización = desorganización = atomización = individualismo = perdemos”), abordemos la cuestión de fondo. ¿No será que este “caso de corrupción” pone en tela de juicio la esencia misma del proyecto nacional y popular, que es la solidaridad, la entrega, la Patria es el otro –con lo que deja de ser un mero caso policial y se convierte en una contradicción trágica? La respuesta es: no, para nada. Es más: habría que afirmar que la importancia mediática de este “caso López” reside únicamente en el hecho obvio de que el kirchnerismo es realmente un proyecto auténtico y transformador, y que se encuentra tremendamente vivo –y sólo en ese marco las “excepciones a la regla de la solidaridad” resultan escandalosas. Esta afirmación carece de polémica; basta notar que los casos de corrupción probados, obvios, del macrismo, no llaman la atención. No es sólo por la muralla mediática, que también influye. En el neoliberalismo, la corrupción es un sistema general, no un comportamiento aislado; por ende, que tales funcionarios neoliberales puntuales “roben” no entraña ninguna sorpresa, se trata de comportamientos automáticos del sistema (como queda probado por la tranquilidad con que Macri o Melconian reconocen que guardan dinero negro en el exterior: simplemente, ¿qué problema hay?). En cambio, en los proyectos populares, la inmoralidad es una rareza y hasta un “ejemplo” (pero invertido): remitámonos un segundo al “caso Ochoa”. Uno de los generales más importantes de la Revolución Cubana, Arnaldo Ochoa (que participó directamente en la insurrección de 1958, tuvo una destacada intervención en la crisis de los misiles y llegó a merecer el título de “Héroe de la Revolución de Cuba”), fue denunciado, enjuiciado y fusilado por traficar cocaína con… ¡Colombia y Estados Unidos! Para los cubanos, nada puede ser más horrible que manchar la Revolución con algo tan negro como el tráfico de drogas. Un horror ético incalculable, perpetrado por quien era considerado un héroe de la patria… Pero ahora bien, ¿acaso la Revolución Cubana “es cosa del pasado” a raíz del caso Ochoa? ¿Acaso Fidel Castro se sintió “desmoralizado”? No, para nada. La historia suministra innumerables ejemplos de estos personajes, que en su misma infamia permiten calibrar la grandeza de la Causa que profanan: Mirabeau pasó de presidir la Asamblea revolucionaria de París en 1789, a convertirse en un consejero del rey en 1790, jugando a dos puntas entre la República y la realeza. Y bien… ¿a qué viene todo esto? A que Ochoa pisoteó todos los valores revolucionarios, pasando de patriota ejemplar a bandido y traidor, y no obstante la Revolución Cubana no “se terminó”. El “caso López” es incluso menos sugestivo: de ninguna forma era un “héroe” del kirchnerismo; su fama coincidió con su caída, en un ridículo que no tiene término ni, en general, ningún interés.

Por ende, la cuestión de fondo es otra: los valores que nos mueven a hacer esto que hacemos (ser peronistas, defender las causas justas sin importar los obstáculos, tener empatía por los demás) son evidentemente espirituales y constituyen, por supuesto, nuestra mayor fortaleza; así que exponerlos a las operaciones de los agentes de inteligencia no parece lo más recomendable. El “caso López” es un intento más por hacernos creer que no existimos, que no creemos en lo que decimos creer, que nos convendría más ser unos cínicos, unos renegados, disfrazando de trágica gravedad la simple capitulación ideológica. Bueno, por supuesto que no vamos a hacer semejante cosa. Lo que puede servirnos del “caso López” es tomar nota de que la batalla cultural es larga, y que muy probablemente nos topemos con extravagancias como ésta de modo recurrente. Así que, ¡a prepararse! Nos estamos depurando. La gente se cansa de Macri. Las cuestiones de fondo están a la vuelta de la esquina. O como se decía en otra época: hay caos en el cielo, la situación es excelente.


Por Damián Selci


“Odio a los indiferentes"

jueves, 9 de junio de 2016

“Odio a los indiferentes”

Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

11 de febrero de 1917
Antonio Gramsci

 

Página/12

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